Los visitantes
El silencio, o el canto de un búho, fue quebrado por una ronca voz y una mirada que parecía más siniestra ante el fulgor del fuego.
- Si lo consideran con calma se darán cuenta de que vienen en paz y que en paz deberemos esperarlos.
- Suponer que viene en paz es tan, o más, arriesgado que suponer que vienen en son de guerra – Replicó quien estaba a su lado, con la misma voz ronca pero cauta. El tercero los miró y sin proferir palabra se alejo unos pocos metros, como para señalar que esa charla no pertenecía a su esfera.
- Nadie cruzaría semejantes distancias, ni enfrentaría inimaginables peligros simplemente para desatar la guerra con desconocidos.
- No sabemos cuales son esas distancias, ni cuales son esos peligros – Contestó el segundo, mientras borraba con su vara los extravagantes dibujos hechos por el primero.
- Pero observa esas inmensas naves, capaces de viajar más allá de lo que jamás hemos llegado. Seres tan avanzados como estos, no vendrían simplemente para asesinarnos y despojarnos – Dijo el primero mientras dibujaba las extrañas naves en el suelo.
- Seres tan avanzados como estos, ¿Por qué habrían de tener alguna consideración para con nuestras vidas o posesiones? ¿Acaso no seriamos insignificantes para ellos, así como ellos son magníficos para nosotros? – Replicó impacientándolo.
- Pero ¿Qué clase de dios permitiría tal atrocidad? – Protestó irrefutable y mientras esperaba la respuesta, la furia en sus ojos parecía ser alimentada por el fuego. Y el otro solo llego a balbucear:
- Ninguno.
Estos dos al ver que amanecería en cualquier momento, y con las dudas despejadas por la larga deliberación, despertaron a todo el poblado para organizar un banquete de bienvenida, mientras que el tercero, acompañado por unos pocos, tomo sus armas y fue a esperar a los viajeros.
Basto que uno solo, de los centenares de pies conquistadores, pisara tierra, para que este reducido grupo aborigen saliera a su encuentro. Los visitantes retrocedieron un paso, y los cielos tronaron ignorando el apacible celeste que lo pintaba, y sus lanzas escupieron fuego poniendo fin a la enemistad de éste con la madera, y los aborígenes cayeron sin entender del todo esa desconocida magia.
Poco a poco los conquistadores avanzaron. Elaboraron mapas, asesinaron, y esclavizaron, todo con la misma precisión y dedicación.
A ninguna de las colinas registradas en los mapas les permitieron sus antiguos nombres; a ninguno de los muertos les permitieron sus antiguos nirvanas, presos bajo la cruz; y a ninguno de los esclavos les permitieron sus antiguas costumbres, ni la de recordar que una vez fueron libres, ni la de recordar que una vez fueron ellos los pobladores de esta tierra, ni siquiera la de recordar a esos dioses, que avanzaban desde mas allá del horizonte a su rescate y que nunca llegaron.



